La insistencia de las flores al agua
Enmarañé el amor con la amistad, me hicieron un altar de ropa para que bailara, comí auténtica sopa paraguaya, disfruté demasiado de habitar un teatro, trabajé con gente que admiro, abrí mi abanico de límites, más de una vez porque la práctica es todo. Aprendí que Yopará es híbrido y que nosotrxs también somos en guaraní. Sentí que nuestra historia es la historia de los ríos. Me emocionó y me inspiró. Entré a más iglesias que a supermercados. Me sentí morisca cuando pude, como a escondidas, porque hasta las etiquetas más subalternas cuentan con suficientes leyes. Profana, me sentí ignorante y sentí la mirada profunda con la que miro a la gente. Perdoné. Me sentí fumaporro, bailarina de todo lo que se me cruce. Bailaóra, golpeaóra de la tierra. Tan amada me sentí y también manipulada, pero abrazada siempre y, demasiadas veces, por desconocidxs con lxs que sentiré siempre algo de lo anónimo de la gratitud. Me sentí erotizada por los cuerpos, por los dientes y por las palabras que riman con criterios ajenos pero afables, otra vez. Curiosa, terraja, poeta cutre inspiradísima con tantas ganas como miedo de descubrir la empatía animal. Muy uruguaya pero no tanto como para no sentirme argenta, claro. Hasta brasiguaya me dejé sentir. Me emocioné sudaca saturada. Saturados los poros de grasa animal, de soledad, de categorías, de conversaciones en Inglés a los gritos, de marcos teóricos y puertas entreabiertas-entrecerradas que coquetean con lo que repudian; ya desafectadas, de teorías decoloniales impracticables. Me emocioné enamorada de la complejidad que no se puede nombrar, sin sentir la necesidad de nombrarla me sentí así. Enamorada de todas las danzas de pareja del mundo, aferrada al agua, fan de hacer la plancha y mirar el cielo pasar. Flotando agradecida por el sabor, por el peso en la pelvis, por el candombe y por las ancestras musulmanas, que si no me acompañan es porque no las he dejado todavía. Sentí el mar de lágrimas de las canciones, pues estuve ahí cuando la sal de mis lágrimas se fundía con la del mar. Me emocioné religiosa, respetuosa, nauseabunda, generosa con la generosidad, y cuando no, no. Pobre, firme, fuerte, valorada y no tan juzgona como juzgada. Sentí el tiempo venir hacia mí todo el tiempo. Sentí que el futuro era el pasado y viceversa, pero no siempre viceversa, o no en todas partes viceversa. Pero sí en ese sur. Hay un sur en el norte. Yo lo pisé y, aunque él, todo, era blanco, se me mancharon las piernas con el barro obstinado de alguna rebeldía ancestral con la que, sin muchas voluntades que ofrecer, comulgaban los ríos de mi cara y de las caras de los mios. Yo, que nunca no estuve embarrada, vi ese dios omnipresente en todas las paredes que encandilaban todos los rincones hasta las once de la noche en el solsticio mientras sentía a los dioses que son en rizoma agobiados, mareados y secos. Vaciada la tierra, viciado el aire, violado el fuego, inmóvil la wayra, entorpecida por la kalima la lluvia y harta de secarse cualquier agua. Por si acaso, hace rato que a la disputa de creer en dios o no creer en nada, le juego la carta politeísta. Si ni siquiera el poliamor inventamos, si estamos deconstruyendo las finas capas de mierda heroica que nos revisten los poros porque se nos están atrofiando las carnes. Porque ya no queda especie que le entre a esta carne pensante, la verdad. No estamos inventando nada. Estamos autorreparando históricamente nuestro legado. El legado es propio o cómo es si no?